Imagen: José Paya

Aunque estuve hablando por teléfono casi semanalmente con Mario durante más de cinco años, lo cierto es que no lo conocía personalmente. Nuestra relación se inició en 2001, cuando un amigo común, el historiador Emilio Soler, nos puso en contacto y  yo comencé a colaborar como crítico literario para el suplemento cultural, «Arte y Letras», del diario Información (Alicante).

Mario Martínez era, por aquel entonces, el coordinador —junto con Juan Ramón Giner y Joaquín Quílez— de dicho suplemento. El teléfono era nuestro único contacto (yo siempre he sido algo reacio a los tocamientos más íntimos); todavía recuerdo las largas y vehementes conversaciones, y la sensación de que, a pesar de nuestras edades —Mario se jubiló hace un tiempo y yo tengo 42 años—, compartíamos la misma pasión por el cine y la literatura.

Cuando a finales de 2007 publiqué mi primera novela pensé en Mario para que la presentara en Alicante. En enero de 2008 acudí a su casa, en Pinoso (Alicante), para hacerle la oferta y, además, para conocernos de una vez por todas. Mario no solo nos invitó a un excelente arroz —yo iba con mi esposa—, sino que aceptó mi propuesta.

Una idea empieza a gestarse

A finales de enero de 2008 tuvo lugar la presentación de la novela. Y fue una sorpresa: con la retranca que siempre lo ha caracterizado, Mario Martínez afirmó, ante los amigos y curiosos que se habían acercado al acto, que él, realmente, no era Mario Martínez; sino un asesino que había suplantado a Mario y al que yo, a la llegada a Pinoso, había sorprendido en plena faena; por lo que no había tenido más remedio que seguir fingiendo su identidad. ¡Toma ya! Mientras Mario producía carcajadas y escépticos alzamientos de ceja entre la concurrencia, el cerebro de un servidor se ponía a carburar a cien kilómetros por hora: ¿y si resultaba que tampoco yo era Pepe Payá?, ¿y si a Payá me lo había pasado por la piedra y su cadáver estaba en el maletero del coche?

Esa misma noche, tras regresar a Biar, mi pueblo, me puse a escribir. ¡No me diréis que no era una historia cojonuda para un cuento! Y salió, claro. Dos semanas después ya tenía un relato de una decena de páginas que titulé «La cita» y que envié a Mario.

Abro un inciso. La narración se publicó en 2011 en el volumen La segunda vida de Christopher Marlowe y otros relatos. Cierro el inciso.

No habían pasado ni cinco días cuando recibí, primero, la llamada telefónica de Mario: estaba exaltado, emocionado, supurando vehemencia e ilusión por cada poro de su pequeño cuerpo. ¡Y es un volcán cuando se emociona, el tío! Y dos días después, un sobre que contenía lo que él llamó “otro capítulo”. «¿Otro capítulo de qué?», le pregunté. «¡De la novela que vamos a ponernos a escribir ahora mismo, desgraciado!», me soltó.

Y así fue: durante más de dos años estuvimos escribiendo Puzle de sangre. Él me enviaba su capítulo y yo le enviaba el mío. La cosa fue lenta porque continuamos con el correo terrestre y porque, para que mentir, a veces nos apetecía hacer otras cosas como limpiarles los mocos a los niños (yo), pasear con su amigo Evaristo (él) o cortejar a nuestras mujeres (ambos). Durante todo este tiempo solo (¿solo?) tuvimos dos “reuniones de trabajo” en donde, además de comer y reírnos mucho, hablábamos de casi todo menos de la novela de marras.

A mediados de 2011 la novela estaba terminada. Alicia González, que no solo es nuestra agente literaria, sino una señora estupenda y una trabajadora infatigable, consiguió “colocarla”. A partir de aquí, a partir de ahora, ya os toca a vosotros (lectores) completarla y recrearla con vuestras lecturas y vuestras opiniones. ¡La suerte está echada!

Imagen: Mario Martínez

Un jubilado

Durante 36 años he sido profesor de Historia Moderna en la Universidad de Alicante. A lo largo de esos años he escrito libros, artículos y comunicaciones en torno a ese intenso periodo que va desde 1453 a 1800.

Cuando conocí, en persona, a Pepe Payá me acaba de jubilar y estaba cansado de urdir sesudos trabajos que solo leían, en el mejor de los casos, los colegas afines a mi línea de investigación. “La cita”, el cuento de Pepe, despertó mis antiguos deseos de escribir una novela. Pero no una novela sería o trascendente, de esas que llaman la atención de los críticos de “ceja alta”. Nada de nobles pretensiones. Hacer eso era demasiado para un tipo de 65 años que sabe lo que puede dar de sí. Yo lo que quería escribir era un pulp salvaje e inmisericorde, en la tradición de las novelas de Jim Thompson  o de Boris Vian al calor del desparpajo alentado por el cine de Tarantino. Una novela en la línea de aquella “literatura”  popular española de los  años 50 y 60 del siglo pasado que editaban Bruguera, Rollan, Toray o Molino y que la gente leía en los tranvías o los parques para matar aquel tiempo todavía triste y sin muchas esperanzas. Un  producto que se leyese con rapidez e interés, espoleado por unas gotas de suspense y que reflejase, de algún modo, el caos actual en que vivimos. Y sobre todo, qué demonios, lo que quería por encima de todo era pasármelo bien… ¡y vaya si me lo pasé!

Mataré todos tus personajes

“La cita” de Pepe Payá fue mi estímulo. Así que le seguí el rollo y le escribí una continuación. Él hizo lo propio. Yo le respondí matándole alguno de sus personajes. Él, que aunque parece poca cosa no se corta ni un pelo, obró de idéntico modo y se lió a joder a mis personajes a más no poder. La cosa se iba convirtiendo en un juego divertidísimo, hasta que un buen día decidimos reunirnos y tratar de aclarar aquel puzle sangriento.

Este y no otro es el origen de nuestra novela. Yo me acabo de reinventar y he tirado a la basura el futuro del “viejo profesor” aburrido que me aguardaba sentado en el banco de algún jardín. Un día de estos me lío con Puzle de sangre II… si mi Socio me quiere acompañar, claro. ¡Y si no quiere… pues que le den!

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