El salón de Plenos del Palacio de los Gobernadores, en San Roque, es sin duda un excelente espacio para presentar un libro. Los altos techos, sostenidos por vigas centenarias, les confieren al lugar un aire señorial que impregna el ambiente. Al fondo, vigilante y mudo, el impresionante Éxodo, una enorme talla en relieve sobre madera. Su autor, Luis Ortega Bru, sanroqueño, uno de los grandes imagineros del siglo xx, quiso recordar con esta obra a los españoles que salieron de Gibraltar en agosto de 1704.

En ese escenario presenté mi novela Las puertas secretas de Sefarad. Fue el 7 de noviembre del 2013, a las ocho de la tarde, con la luz de las farolas iluminando la plaza adyacente. El día había sido soleado.

El salón estaba lleno de amigos y conocidos. Años atrás me comprometí a presentar en ese mismo palacio cada una de las novelas que fuese publicando. Ahora le había tocado el turno a Las puertas secretas de Sefarad; ellos respondieron con su presencia a ese compromiso mío.

Al estar editada en formato electrónico no tenía un libro de papel para poder mostrarlo, no podía enseñarles algo que pudiesen ver, algo que pudiesen tocar, pero eso no importó. Les hablé de cómo se había hecho la cubierta y leí un pasaje que se desarrolla en el patio de Columnas del palacio. Observé con agrado que mis palabras eran recibidas en silencio, con profunda atención y gestos de complacencia; nada mejor para un escritor que se presenta ante los suyos con el único ropaje de las palabras y el deseo de sentirse como uno más entre tantos amigos.

Aunque estoy acostumbrado a hablar en público, cada vez que lo hago ante quienes me saludan por la calle del pueblo porque soy uno más de ellos, siento una sensación muy especial y no puedo sustraerme a la convicción de que lo que diga pasará a ser de todos, no solo mío; no les puedo fallar. Por eso, después de la presentación, me sentí bien. Adiviné en las palabras de felicitación y en los rostros de los que me escucharon que Las puertas secretas de Sefarad no los iba a decepcionar. Fue una buena prueba.

Deja un comentario