Noemi_Lorenzo

Imagen Lorenzo Silva: Arduino Vannuchhi

Lorenzo Silva, ganador del premio Planeta con «La marca del meridiano» y autor de otras obras como «El hombre que destruía las ilusiones de los niños» se embarcó en la aventura de escribir una novela juvenil con Noemí Trujillo. El resultado: Suad. ¿Queréis conocer todo lo que se esconde detrás? Ellos mismos nos lo cuentan:

¿Cuánto tiempo tardasteis en escribir esta novela?

  Un año, aproximadamente. El primer borrador se escribió en seis meses y después corregimos el texto otros seis meses más.

 ¿Cuál es el tema central de la novela?

Hay varios temas pero podría decirse que el tema central es el amor: el amor de los padres a sus hijos, el amor entre hermanos, el amor adolescente… Y, por supuesto, que uno debe quererse uno mismo para ser capaz de querer bien a los demás. Podríamos considerar como subtemas el perdón, los remordimientos y la culpa. Todos ellos son sentimientos universales que hemos experimentado muchas veces y, no por ello, dejan de sorprendernos. Hay algo mágico en cómo un padre mira la fotografía de sus hijos y, por mucho que la mire, ese sentimiento seguirá ahí. Un padre, o una madre, nunca podrá mirar la fotografía de un hijo suyo y sentir indiferencia. Por eso, uno de los momentos más dramáticos de la historia, es cómo la protagonista se enfrenta a esas fotografías de sus hermanos y siente celos.

Otro tema importante en la novela es la amistad. Cómo vivimos en una época en la que podemos tener cientos de amigos en las redes sociales y sentirnos solos cuando tenemos un problema y sin nadie a quién acudir.

 ¿Por qué ese título?

La protagonista es Laia, hermana de Suad. Sin embargo, aunque Suad se pueda considerar un personaje secundario, es tan importante para la trama y el desarrollo de la novela que creímos interesante titular la novela con su nombre. Es un nombre de origen árabe de solo cuatro letras, musical, poético y que quiere decir “ buena fortuna”. No encontramos ninguna otra palabra de tan solo cuatro letras que nos dijera tantas cosas como Suad.

 ¿Qué os motivó para escribir esta novela?

 L.S. Lo explico en el prólogo. Hace quince años, más o menos, escribí varias novelas juveniles que funcionaron muy bien, las que forman la Trilogía de Getafe. Quería regresar a la literatura juvenil, pero necesitaba encontrar una voz que fuera representativa de la juventud de ahora mismo, la de la segunda década del siglo XXI, tan diferente, en tantos aspectos, de la de la última del siglo XX, que era la que retrataban aquellos libros. También quería transmitir a los chicos y chicas de ahora mismo, comenzando por mis propios hijos, una serie de mensajes sobre el valor de ciertas cosas importantes, que a veces la velocidad de la vida que llevamos y de la información a la que estamos sometidos nos desdibuja. Sin ánimo de sermonearles, sólo de despertar su conciencia. Y Laia, de la mano de Noemí, me ha parecido una buena mensajera.

N.T. Quería escribir la historia de una equivocación.  Toda la novela tiene que ver con algo que Laia hace mal y de lo que luego se arrepiente. Pienso que en la vida, muchas veces, sentimos esa sensación: la certeza de saber que has metido la pata y, por mucho que lo intentes, no puedes enmendar ese error. Como dice el refrán: “por un perro que maté, mataperros me llamaron.”

Recuerdo que estábamos en Brooklyn, le enseñé a Lorenzo un borrador del primer capítulo y fue entonces cuando me propuso escribirla juntos. A partir de ahí mi mayor motivación fue ser capaz de crear algo junto a Lorenzo, compartir

una historia con él y hacerla nuestra. También porque simpatizo con la causa saharaui y quería aportar mi pequeño granito de arena. Y, a la vez, quería hacer mi pequeño homenaje a dos libros que me han marcado: La metamorfosis, de Franz Kafka, y El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger.

Y, por último, me motivaba transmitirles a mis hijos que no debían competir entre ellos ni sentir celos el uno del otro. Todo eso junto es Suad.

¿Cómo fue la experiencia de escribir juntos? ¿Es la primera vez que escribís juntos?

 L.S. No era la primera vez que lo hacíamos Noemí y yo, ni tampoco la primera vez que escribía con otra persona. Ya lo hice con Manuel Martín Cuenca cuando escribimos juntos el guión de La flaqueza del bolchevique, con Luis Miguel Francisco cuando escribimos el libro Y al final, la guerra, sobre la guerra de Irak y con mi hija Laura cuando escribimos El videojuego al revés. Escribir con alguien implica respetar al otro y compartirlo todo, no poner en el libro nada en lo que los dos no estén completamente de acuerdo. Noemí ha sido muy buena compañera en ese sentido, hemos podido consensuarlo todo sin dificultad.

N.T. Lorenzo y yo hemos escrito juntos en varias ocasiones. Quizá porque nuestra familia es lo que llaman una familia “recompuesta” nos interesa mucho el tema de las relaciones familiares. Hemos escrito también un cuento infantil que habla de madrastras y padrastros buenos, porque ya está bien de que siempre sean las madrastras las malas de cuento. La familia de Laia tiene la peculiaridad de que decide adoptar a una niña saharaui y, de esta forma, Suad se convierte en hermana adoptiva de Laia.

Lorenzo es muy inteligente y muy exigente, se exige mucho a sí mismo y, por lo tanto, les exige mucho a los demás. Escribir con él es un reto constante porque siempre tiene el listón muy alto. Lorenzo siempre me recuerda que esta profesión es como la de un funambulista que camina por la cuerda floja: un día estás arriba y cualquier mal paso te hace caer. Sin embargo, pese a toda la presión que siento al escribir junto a alguien como Lorenzo, una vez terminado el libro sientes que el esfuerzo ha merecido la pena.

¿Existen personajes reales en la novela?

L.S. Prefiero siempre los personajes de ficción, alimentados con rasgos de personas reales, a veces, pero con una personalidad propia que tú les creas.

N.T.  No. Conocí a una niña saharaui llamada Suad, pero de ella solo tomé el nombre para la novela. Todos los personajes de la novela son inventados.

 ¿Estáis escribiendo algo más los dos juntos?

Ahora mismo no. Aunque no descartamos hacerlo en un futuro.

 ¿De dónde habrá surgido la idea de que las personas pueden comunicarse mediante cartas?

L.S. Es una buena pregunta, porque muchas veces la escritura encubre o distorsiona los sentimientos, más que expresarlos, sobre todo si uno no escribe con cuidado o lo hace llevado por alguna clase de ofuscación. Pero al final esto tan precario y tan frágil que usamos, el lenguaje, es todo lo que tenemos para saber que hay alguien fuera y no sentirnos solos. Las cartas son fogonazos que enviamos para disolver la soledad. Y a veces llegan a destino.

N. T.  No lo sé. A veces pienso que las personas no sabemos comunicarnos ni mediante cartas, ni mediante mails, ni de ninguna manera. Suelo recordar a menudo las palabras de José Luis Sampedro que nos decía siempre que aún no estamos civilizados. En una de las últimas entrevistas que le hicieron le preguntaron cómo titularía su próxima novela y él contestó: La jaula de los locos. Creo que muchos de los problemas que tenemos surgen porque fallamos en nuestra forma de comunicarnos. Además, ahora, con las nuevas tecnologías, todo es tan rápido y tan inmediato que casi no tenemos tiempo de procesar la información que recibimos y compartimos. Ya casi nadie escribe cartas y, lo más triste de todo, es que la gran mayoría de personas no echa de menos la sensación de encontrar una carta en su buzón. Nos hemos vuelto todos un poco adictos a la tecnología y ahora una simple carta manuscrita parece algo de otro siglo, de otra generación.

¿Has cerrado alguna vez la puerta de tu cuarto?

 L.S. Yo escribo desde hace muchos años en habitaciones sin puertas… Así que ni siquiera puedo hacerlo. Me gusta que la vida, y dentro de casa mi familia, esté ahí, entrando y saliendo.

N. T. Sí. No es que me sienta orgullosa de ello, pero entiendo bien a Laia. No es fácil dar la cara cuando te has equivocado. Yo tengo a veces tendencia a esconderme, a bajar la cabeza como el avestruz y negar los problemas en vez de solucionarlos. Una de los mensajes que intenta transmitir esta novela es que, cuando tienes un problema, debes enfrentarte a él.

 ¿Por qué Brooklyn y por qué París?

L.S. Son dos ciudades que descubrí hace bastantes años y en las que siempre me he sentido como en casa. Ya salían en dos novelas mías, El ángel oculto, la neoyorquina, y La lluvia de París, la parisina. Y ambas se publicaron el mismo año, 1999. ¿Una casualidad? No lo creo.

N.T. Son dos ciudades que me han atrapado y a las que siempre quiero volver. Brooklyn es para Laia la metáfora de algo inalcanzable, algo que está fuera de sus posibilidades. Quizá porque yo siento nostalgia de Brooklyn y de los bagels con mantequilla y de una ciudad de ojos negros, Laia la sueña. Y así, como Brooklyn vive en Laia, también vive en mí. París es para Laia el recuerdo de una ciudad en la que ha sido feliz. En la novela París es el ayer y Brooklyn el mañana. Yo soy una enamorada de las dos ciudades, se quedaron en mí sin pedir permiso.

¿Por qué Kafka y por qué Salinger?

L.S. Kafka es el espíritu más puro y la mirada más profunda que he encontrado en un escritor. Salinger es el que mejor entendió el alma adolescente.

N.T. De toda la obra de Kafka lo que más me ha impresionado ha sido la lectura de sus diarios. Prácticamente no escribió una sola página de esos diarios que no merezca ser citada. Pero lo más importante de todo es que, mientras los lees, puedes ver en ellos la mirada de un hombre limpio. Me parece un ejercicio interesantísimo para cualquier escritor la lectura de los diarios de Kafka, poder comprobar que uno de los escritores más influyentes de la literatura universal tenía problemas para terminar sus historias y había días que no tenía fuerzas para escribir te hace sentir un poco menos “mediocre” cuando tú tampoco lo consigues. Estaba leyendo los diarios de Kafka mientras escribía Suad y supongo que por ese motivo el viejo Franz se ha colado en nuestra historia. Respecto a Salinger, ¡qué decir!. El guardián entre el centeno es, sencillamente, una historia insuperable. Holden Caulfield fue el primer personaje literario que me hizo llorar. He intentado que mis hijos adolescentes lean El guardián entre el centeno a la edad que lo leí yo, pero no lo he conseguido. Para mí era un reto personal intentar escribir algo con la misma fuerza pero con una protagonista más actual y con la que pudieran identificarse.

Laia tiene un iPad en el que almacena 3000 libros que no ha leído y usa su teléfono para leer, ¿es el futuro que nos espera?

L.S. El ser humano necesita historias, para saber quién es, para comprender lo que le rodea, y eso le lleva a narrar, y la necesidad de que lo narrado perdure, y se transmita, a escribir. No sé dónde lo haremos, pero lo seguiremos haciendo. Y me parece prematuro dar por muerto el papel. Por lo demás, yo tengo un iPad desde que pude comprármelo. Los dos mundos pueden coexistir.

N.T. Laia también lee libros en papel que le regala su amiga María. Yo creo que habrá una convivencia de los dos formatos (el papel y el libro electrónico) y que uno no tiene que significar la muerte del otro. Me parece que son perfectamente compatibles.

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