¿Cómo llegar?

En el sur de Francia, en el Languedoc-Rosellón, a no demasiados kilómetros de los Pirineos y de la frontera española, está el pueblo del que os hablo en mi libro. Sí, ese en el que está prohibido excavar desde que a mediados de los años sesenta lo ordenasen las autoridades locales, hartas de los destrozos que los buscadores de tesoros llevaban ocasionando desde hacía años. Y es que hay quien dice que un curita de aquel pueblo, Rennes-le-Château, se hizo enormemente rico gracias a un tesoro que encontró, un tesoro tan enorme que no pudo llegar a gastárselo. Así que algo tenía que quedar por allí…

Sea como fuere, aquel curita, Bérenger Saunière, realizó unas costosas ―y algo extravagantes― edificaciones y reconstruyó la deteriorada iglesia del pueblo, dedicada a Santa María Magdalena. Pero claro, lo que comenzó siendo una historia de tesoros acabó convirtiéndose en un mito moderno gracias a los sucesivos añadidos que se fueron realizando a la trama.

Y claro, tanto unos (los buscadores de tesoros), como otros (los amantes del ocultismo, de las sociedades secretas o de los misterios de la historia), se dedicaron a analizar sistemáticamente todas aquellas construcciones en busca de pistas que pudiesen llevarles a encontrar lo que buscaban.

Pero bueno, a lo que vamos. ¿Tienen ustedes algún sitio pensado para visitar durante sus vacaciones? ¿Por qué no se vienen conmigo a Rennes-le-Château y nos imbuimos en la extraña historia de este pueblo y, de camino, de esta zona? Prometo entretenimiento, bonitos paisajes, buen vino local y una pizca de misterio. ¿Alguien da más? Pues vamos.

¿Cómo llegar?  Lo más cercano es por Cataluña. Desde aquí tenemos dos posibilidades: el camino más “sencillo”, que sería cruzando por La Jonquera en dirección Perpignan y luego dirigiéndonos, ya en territorio francés, hacia Axat, para luego continuar en dirección norte hasta Couiza, donde encontraremos en mitad del pueblo el cruce que nos conduce a Rennes-le-Château. Serían, desde Barcelona, unos 280 kilómetros, la mayor parte por autopistas.

Pero hay una opción mucho más bonita y recomendable para los que dispongan de tiempo y ganas: por el impresionante desfiladero conocido como la Garganta de Galamus, que sirve de frontera a los departamentos franceses de los Pirineos Orientales y el Aude (donde se encuentra nuestro destino). Para llegar allí tenemos que dirigirnos a Puigcerdá y desde allí coger la D118 que conduce a Axat, localidad desde la que el camino sería el mismo que en la opción más convencional. Sin dura merece la pena realizar este itinerario, por un lado por la belleza de este camino, que atraviesa los pirineos por una carretera serpenteante y estrecha, y, por otro lado, porque esta ruta, cuenta la Historia, fue la que empleaban siglos atrás los Cátaros para moverse entre los dos países, y posiblemente para huir cuando fueron perseguidos. Por aquí la ruta es más corta, unos 260 kilómetros, pero se tarda mucho más por las características de las carreteras. Aunque merece la pena.

Sea como sea, sólo hay una forma de acceder a Rennes-le-Château y es desde Couiza. Allí dejaremos la D118 para coger el estrecho caminito que nos conduce a nuestro destino, aquel pequeño pueblo emplazado en lo alto de una loma desde la que se domina todo el valle del rio Aude.

Ya estamos aquí. El pueblo no es muy grande, así que difícilmente nos perderemos.

¿Qué ver en Rennes-le-Château?

Vamos para la iglesia, nuestro objetivo principal y donde encontraremos gran parte de las extrañas anomalías que se han usado en las últimas décadas para intentar demostrar que allí había algo más que un tesoro y que en realidad el abad Saunière había descubierto algo que no pudo revelar pero de lo que dejó, supuestamente, varias pistas en la extraña iconografía representada en el templo.

La iglesia, como hemos comentado, está dedicada a Santa María Magdalena, un personaje muy presente en toda esta trama. Por un lado porque aquel curita sentía especial devoción por ella ―de hecho construyó una villa palaciega llamada Villa Betania, y una torre neogótica llamada Torre Magdala, ambas en su honor―. Pero, por otro lado, porque hay quien ha planteado que en realidad lo que encontró nuestro protagonista es la prueba de que Jesús de Nazaret y la Magdalena habían sido pareja y habían tenido descendencia. Los que hayáis leído Prohibido excavar en este pueblo ya sabrán lo que pienso de esto.

Lo cierto es que la iglesia es extraña. Por un lado porque, justo en la puerta de entrada, encontramos una asombrosa ―según se mire― inscripción: “Terribilis est locus iste» (Este lugar es terrible). ¿No es raro que a la entrada de un templo encontremos esto, como han señalado centenares de investigadores que han estudiado esta historia? Pues siento decir que no, que no es raro. Esa frase aparece en el Génesis 28, 17 y fue pronunciada por Jacob después de su encuentro con el ángel aquel: “Este lugar es terrible, esta es la casa de Dios y la puerta del cielo”. ¿A que ya no suena igual?

Lo raro es que nada más pasar el dintel de la puerta nos recibe un grupo escultórico curiosísimo: una pila de agua bendita sostenida por un demonio ― la tradición del Mito ha considerado que se trata de Asmodeo, el demonio guardián del Tesoro del Rey Salomón, algo de lo que no hay el más mínimo indicio― y sobre la que hay cuatro ángeles que forman con sus manos la señal de la cruz. En medio, hay una frase: PARCE SIGNE TU LE VAINCRAS, versión afrancesada del “In hoc signo vinces” de Constantino. Por este signo le vencerás, quiere decir. Muchos han querido ver en esto algo tremendamente extraño. “Un demonio en la entrada de una iglesia, raro, raro, raro…”. Pero no es ni el único caso ―aunque hay que reconocer que tampoco es algo común― ni tiene una explicación “metafísica”, sino una mucho más mundana y terrenal que descubrimos al investigar la vida del abad Saunière y la época en la que realizó aquellas construcciones: en realidad este conjunto escultórico representa a la iglesia venciendo (por el signo de la cruz) al mal, que no sería otro que, en aquel determinado contexto, la República. Y es que en aquella época, recién instaurada la Tercera República francesa, la iglesia había perdido gran parte de los pocos privilegios que le quedaban tras la Revolución francesa.

Pero hay más: la iglesia, que recuerda a un templo masónico tanto por su suelo ajedrezado como por su techo estrellado, está decorada con una gran cantidad de pequeñas esculturas, coloridas y estrambóticas y tiene un curioso paso del vía crucis con, aparentemente, imágenes que difieren de las habituales. No vamos a entrar a analizar pormenorizadamente estas “anomalías”. De ello hablo largo y tendido en mi libro. Pero sí es necesario decir que hay varias rarezas más: tenemos un bajorrelieve mural en el que aparece representado Cristo rodeado de varios fieles, entre los que, sorprendentemente, hay algunos ataviados con ropajes del siglo XVIII. Pero además, en ese mismo bajorrelieve aparece otro anacronismo: ¡una señora con un paraguas! Por otro lado tenemos, a los lados del altar, una estatua de la Virgen María y otra de San José y, curiosamente, ambas portan a un niño Jesús en brazos, lo que ha servido a algunos para plantearse si esto no era un guiño a aquella teoría tan extendida en determinados círculos que plantea que Jesús tuvo un hermano gemelo…

Hay una cosa sumamente inquietante y que podemos comprobar in situ en la iglesia de Rennes-le-Château: la curiosa simetría a la que, al parecer, era aficionado nuestro protagonista, el abad Saunière. Y es que la planta de la iglesia se corresponde exactamente con el diseño de los jardines delanteros. Incluso hay elementos que coinciden exactamente: por ejemplo, el confesionario de la iglesia coincide en planta con el pilar visigótico que supuestamente soportaba el antiguo altar y en el que, cuenta el Mito, encontró nuestro curita los famosos pergaminos que le ayudaron a encontrar el tesoro. Sobre él, significativamente, esculpió nuestro curita las palabras “penitence, penitence”…

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La iglesia es el centro del conjunto, que se conoce como el Domaine del abad Saunière. Pero hay más: tenemos por un lado la casa parroquial, hoy convertida en museo, al lado del templo. Desde aquí, desde el museo, podemos acceder a los suntuosos jardines que se construyó el sacerdote, conde plantó árboles exóticos y construyó una especie de Zoo, y desde estos accedemos a su villa palaciega, la famosa Villa Betania, y su construcción más conocida, la Torre Magdala, una curiosa torre neogótica que sirvió de biblioteca y de lugar de reposo para nuestro protagonista.

Aquí volvemos a encontrar otra prueba de la afición del abad por la simetría: en el mirador, una terraza elevada que comienza en la Torre Magdala y que está formado por dos rectas unidas por un arco de circunferencia —en vez de una esquina de noventa grados— construyó, al otro extremo, una torre de cristal que sirvió de invernadero. Pues bien, desde esta se accede a una sala subterránea tras bajar una escalera de caracol, de nuevo con veintidós escalones (en la Torre Magdala son ascendentes). ¿Adónde vamos con esto? Pues que las dos torres, la Torre Magdala y el invernadero, son el positivo y el negativo de la misma torre. Pero la cosa aún va más lejos: ambas torres forman los extremos de dos lados exactamente iguales —el mirador—. Es decir, serían los dos vértices de un cuadrado perfecto. Si planteamos ese cuadrado sobre un plano, vemos que la superficie sería exactamente 64 veces el área de la Torre Magdala y del invernadero. Como ustedes sabrán, el tablero del ajedrez tiene 64 casillas. Pues bien, la posición de las dos torres coincidiría con la de la torre negra de la izquierda (¿la torre Magdala?) y con la torre blanca de la derecha (¿el invernadero?). Algo realmente sorprendente y comprobable.

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Y poco más que ver en Rennes-le-Château. Aparte del pueblo en sí y del magnífico paisaje que podemos contemplar. Eso sí, ya que estamos allí podemos aprovechar para visitar varias cosas más: los maravillosos castillos cátaros de la zona, como el de Queribus, Puivert o, sobre todo, Montsegur; la bella población vecina de Rennes-les-Bains, que tiene mucho que ver con todo el misterio del que hablo en Prohibido excavar en este pueblo; la cercana ciudad de Carcasona…

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