Tres veces resuenan en las estancias vaticanas el nombre y apellidos del difunto Papa, tres ecos que se separan entre ellos por tres minutos; tras ellos, los tres golpes en la frente del cuerpo que sirven al Camarlengo (el cardenal que administra los bienes de la Iglesia) para constatar la muerte del Papa. Tras ella, se retira del cuerpo del divino representante de Dios en la tierra y el anillo del pescador se destruye junto al sello papal. Así desaparece la divinidad del cuerpo. La infalibilidad, una de las cualidades del Papa, se van con el anillo de Pedro y se funden en el fuego.  Con este material se dará molde al nuevo anillo de Pedro que un día portará el nuevo Pontífice.

Este es el procedimiento habitual, pero, ¿cómo se procede cuando el Papa no muere, cuando renuncia?

En 1996 Juan Pablo II en la reforma de la Constitución apostólica Universi Dominici Gregis, establece 3 formas para que el puesto de Papa pueda restar vacante, aunque solo dos de ellas se dan como validas: la muerte y la renuncia. La tercera, la deposición, no se entiende como válida porque el poder de la tierra no puede interferir en los designios del cielo.

En el caso de la renuncia el proceso es diferente, no se dan los golpes en la frente del difunto, pero sí se retira el anillo del pescador del cuerpo del Papa saliente perdiendo este su infalibilidad dotada directamente por el Espíritu Santo.

Benedicto XVI dejará de existir y volverá a la vida Joseph Ratzinger para acallarse entre los muros, aun conservando el título de Su Santidad. Los temas que rodean la renuncia del hombre dan pie a una serie de conjeturas que se esfuman en un velo de misterio. Las múltiples intrigas vaticanas que se mueven alrededor del poder, las luchas entre las diferentes facciones de la Iglesia que se alzan las unas contra las otras intentando abarcar la máxima influencia en las decisiones vaticanas (ver “Los cuervos del Vaticano”, de Eric Frattini). Demasiada carga para una persona de 85 años más interesada en la comprensión e interpretación de las escrituras que en luchar y pelear contra estos poderes fácticos.

A cada escrito publicado de su puño y letra, Ratzinger nos sorprendía con una nueva visión de temas que creíamos entendidos de otra manera. Por poner un ejemplo, podríamos hablar de su trabajo sobre la figura de Jesús en sus tres volúmenes que se ha convertido en todo un viaje por muchos años de estudio continuo sobre la figura del hijo de Dios.

En el conocido como estado de Vacante Vaticana será el Camarlengo el que tome las riendas del Estado y convoque el conclave de cardenales para la elección del nuevo Papa.

Así pues, el 28 de febrero entramos en Vacante Vaticana por una de las formas menos habituales de las tres, la renuncia, que no se daba en la historia desde 1415 cuando Gregorio XII renuncio. Es curioso que la primera renuncia pontificia la realiza otro Benedicto, esta vez el IX allá por el 1045.

Pero volviendo al misterioso y fantástico mundo de los Cónclaves nos encontramos con que el Cónclave está ligado al mito y al rito. Cardenales aislados del mundo real con la comida racionada y elegida a medida que pasa el tiempo con el objetivo de “encontrar” al candidato valido que tendrá que conseguir dos tercios de los votos.

Tras todos los rituales y misas para que el Espíritu Santo ilumine a los miembros del Cónclave y tras la votación de todos los miembros electores se alzará un nombre, cuya aceptación conoceremos gráficamente por la Gran Fumata Blanca que anunciará la elección del nuevo Pontífice. En ese momento, que viviremos en breve, desde el balcón central de la Basílica de San Pedro, el cardenal protodiácono de la Iglesia anunciara este hecho con el clásico: Habemus Papam.

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