La curiosidad que no siempre mata al gato

Tiempo de lectura aprox: 2 minutos, 21 segundos

Despiertame para verte morir ok

Creo que leí en alguna parte que la curiosidad es el motor que movió al hombre a salir de la cueva y desenvolverse en el mundo. Yo, desde luego, no sé si lo llamaría motor, emoción, sentimiento, pero coincido en que sin curiosidad, sin ganas de conocer, los seres humanos hubiéramos avanzado a ritmo de casualidades lo cuál, la verdad, no resulta un pensamiento demasiado alentador.

Sin curiosidad no abrimos las puertas cerradas, sin curiosidad no respondemos a esa llamada inesperada ni aceptamos según qué oferta sólo por saber qué más hay detrás. Lo que está claro es que pocos de nuestros grandes inventores y descubridores hubieran movido un dedo de no ser por ese impulso, esa comezón, de averiguar qué pasaría si.

El condicional maldito, la curiosidad, es a mi juicio la base de la literatura negra, me atrevería a decir que de toda ficción. El planteamiento de qué sucedería si juntamos A con B o, mejor aún, si a C le quitamos D, es lo que lleva al contador de historias a idear una. Coincidirán conmigo, resulta imposible, una vez que llega, contener la necesidad de averiguar el cómo, los qués, los por qués.

Quizá estos tres párrafos de oda a la curiosidad hayan acariciado, al menos una pizca, la suya. ¿De qué va este post? Es sencillo, pretendo explicarles por qué un juntaletras elige entre tantas variantes la literatura policiaca, la de misterio, la negra. Y la respuesta es bien sencilla, por curiosidad.

A mi juicio la trama negra —y me importa poco el soporte— nace como expresión máxima de la necesidad del ser humano por averiguar. Creo que los grandes nombres de este género arrebatador dieron forma a la figura del detective clásico como respuesta al morbo delicioso de estimular la curiosidad del lector y, años después, del espectador. Porque, ¿quién mató a Laura Palmer? ¿Quién asesinó a las mujeres del piso de la calle Morgue, si la puerta y la ventana estaban cerradas por dentro?

Un hombre sospecha que su esposa le engaña y contrata a Sam Spade para que busque respuestas. Una mujer muere envenenada durante un crucero por el Nilo pero Hércules Poirot dará con el culpable. Si un juicio, siempre los juicios, presenta demasiadas dudas razonables, tenga por seguro que abogados, forenses, detectives y hasta periodistas, todos querrán ser los primeros en averiguar la verdad.

El crimen. El crimen es ese nexo de unión entre géneros, entre hilos conductores de tramas aparentemente distantes. Imaginen un cuerpo sin vida encontrado en el suelo con signos de violencia. En torno a este descubrimiento, un autor podría tejer una red de conspiraciones políticas, económicas, quizá clasistas, y dar pie a una grandiosa novela de intriga. Ian Flemming o Ken Follet podrían parir una trama potente de espionaje y acción a raudales. Hammet o Chandler nos llevarían de la mano en un recorrido por los suburbios más turbios y desaconsejables de una ciudad en blanco y negro, interrogando a matones sin escrúpulos a golpe de revólver. Los más aficionados al detective clásico podrían disfrutar de las dotes de lógica sin parangón de los personajes de Conan Doyle o de Agatha Christie, pero quizá Stephen King o Dean Koontz encontrarían en este cadáver el modo de ponernos los pelos de punta con argumentos estremecedores y paranormales.

Sólo son unos cuantos ejemplos pero está claro que el resorte capaz de disparar cualquiera de ellos es la curiosidad: ¿A quién pertenece ese cuerpo tirado en el suelo? Y lo no menos importante, ¿cómo ha llegado hasta ahí?

Y es que necesitamos averiguarlo. El jardinero asesinó al conde en la biblioteca con un cuchillo. El mayordomo, cómo no, él robo las joyas. Sin embargo fue el propio señor de la casa el que provocó el incendio para cobrar el seguro.

Averiguar, descubrir, abrir las páginas de una novela negra debería ser ya suficiente para engancharnos a su lectura. La curiosidad es una emoción irrefrenable, y si un autor de ficción es por definición un mentiroso, el arte del autor policiaco estriba en negarnos la verdad hasta la última página.

Miguel Aguerralde es autor de “Despiértame para verte morir” de Ediciones Tagus por 3,99€.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Pin It on Pinterest