El Infinito en un junco

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No existe, como bien saben escritores y editores, receta o fórmula infalible que pueda augurar el éxito de un libro, menos aún de uno como el que nos ocupa. Nada podía indicar a Irene Vallejo, autora de El infinito en un junco, que su libro se convertiría en el fulgurante éxito, de ventas y de crítica que es año y medio después de su primera edición.

Para entender la magnitud de esta gesta, pues no se me ocurre otro símil, teniendo en cuenta que el ensayo aborda la invención y desarrollo del libro en la antigüedad, y pocas cosas han sido tan denostadas por nuestra sociedad utilitarista como el conocimiento de esa antigüedad, sería conveniente conocer algunos datos: si la pandemia lo permite, a lo largo de 2021 El infinito en un junco será traducido a 30 lenguas.

En España, desde los primeros meses de su publicación ha cosechado numerosos reconocimientos (Premio Ojo Crítico de Narrativa 2019, Premio Las Librerías Recomiendan 2020 y Premio Nacional de Ensayo 2020), ha vendido más de 150.000 ejemplares, publicado 26 ediciones y, el dato más interesante, fue el libro más descargado durante los meses de confinamiento duro por los usuarios de Ebiblio, la plataforma de préstamo digital de la red nacional de bibliotecas públicas.

¿Por qué tanto éxito?

Como lectores, libreros y profesionales del mundo del libro cabe preguntarnos si, como se empeñan en afirmar desde suplementos culturales, periódicos y prensa especializada nos encontramos con una rara avis, donde convergen reconocimiento de crítica y público, cuyo éxito, ya lo quisieran otros, se ha ido fraguando poco a poco, sin grandes campañas mediáticas, gracias al boca – oreja de cientos de lectores.

Innegable es que la lectura de El infinito en un junco es una de las experiencias más bellas con las que el lector puede encontrarse. Irene Vallejo, como si de una Sherezade moderna se tratase nos hace partícipes de la gran aventura de aquellos que vieron en los libros más que letras, fibras de plantas y piel de ternero, aquellos que supieron que en los libros residía lo mejor de nuestra civilización, y que su salvaguarda era uno de los pocos medios con los que contábamos para combatir la barbarie, el terror, la necedad y la guerra.

No en vano, ya lo contaba Primo Levi, y la propia Irene Vallejo lo ha mencionado en numerosas entrevistas, hay constancia de que, en los campos de concentración alemanes, aquellos presos que habían conseguido esconder de los guardianes un pequeño libro, o podía recordar pasajes de los mismos, sobrellevaban mejor el cautiverio. Quizá es en este punto donde debemos buscar uno de los factores que expliquen el éxito de El infinito en un junco, en la necesidad que sienten, que sentimos, todos los lectores de conectar su experiencia, única e íntima con otros. De vernos partícipes, como el eslabón último de una gran cadena de amantes, defensores, divulgadores de la lectura; una cadena que arranca con los buscadores de libros de la biblioteca de Alejandría, retratados casi como forajidos, y que culmina en nosotros, recorriendo librerías y bibliotecas, cargados con el peso de un libro en el bolso o la mochila para leer en las esperas o para prestar a un amigo. En medio del camino, Homero, educador de Grecia, Hipatia de Alejandría, y cientos de monjes y monjas que durante siglos copiaron las obras de la antigüedad.

Hierran quienes subestimen, o tilden el ensayo de Irene Vallejo de poca profundidad, con no poca habilidad consigue ofrecer al lector una vasta información y documentación histórica a través de un estilo flexible donde predomina la narración. Si bien, no es la primera en jugar con elementos propios de la narración a la hora de abordar un ensayo, ya lo hizo en 2011 Stephen Greenblatt, en su ensayo El Giro (Premio Pulitzer de ensayo 2012), sobre el descubrimiento de la obra de Lucrecio De Rerum Natura en 1417, y como este hecho puso las bases para el surgimiento del mundo moderno. Greenblatt e Irene Vallejo son ejemplos paradigmáticos, de que se puede hacer un excelente ensayo sin renunciar al rigor, haciendo concesiones a la narración que ayuden a acercar el tema al gran público. Porque si algo ha demostrado, sin lugar a dudas Irene Vallejo es que, ni el ensayo es para unos pocos, ni la antigüedad interesa solo a unos cuantos.

Por mi parte siento una cierta envidia por aquellos que aún no han leído el libro, qué gran historia les aguarda.

Noemi Olivares.

Responsable Adjunto en Casa del Libro Fuencarral


2 thoughts on “La inmortalidad de las buenas historias”

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