Luis_PiedrahitaSeguramente estés leyendo esto en una pantalla y no en papel. No sé qué es mejor, la verdad. Yo quiero que inventen pronto un marcapáginas a pilas para poner en mi libro electrónico. Sí, porque de tanto doblarle la esquina se está empezando a estropear. Cuando yo era pequeño leíamos libros. Bueno, yo no porque en casa éramos muy pobres y no teníamos libros. A veces leíamos la sopa. Cuando de verdad quería leer algo, salía a la calle y me leía los letreros de las tiendas, los nombres de las calles y los carteles de los taxis, que casi siempre estaban ocupados. Dicen que cualquier tiempo pasado fue mejor; no creo.

Mi vida fue dura. Yo nací muy joven, a la corta edad de ningún año. Nací en el seno de una familia muy humilde. Mi casa era tan pequeña que sólo se podía entrar con el estómago vacío, y mis padres me vendieron para comprarse un hijo más barato y que ocupara poco.

Me vendieron a un deshollinador que vio en mi flequillo un utensilio estupendo para limpiar conductos obstruidos. Cada mañana me ataba a un palo y… ¡hala, a limpiar chimeneas! A los dos años yo estaba más negro que el sobaco de un toro. Una noche me escapé. Claro: de noche a mí no me veía ni Dios. Leí un cartel en el que ponía «A6 Madrid» y corrí a zancada de niño de dos años desde mi Coruña natal hasta mi Madrid capital. Entré por la Casa de Campo, por el zoo. Lo sé porque al llegar me di de morros contra el cartel. Ponía: «Zoo». Alguien pensará: «¿Cómo es posible que un niño de apenas dos años sepa leer?». Pues porque zoo es una palabra muy fácil de leer, que son sólo tres letras y una está repetida. ¿Cuál? La o. Lo aclaro por si alguien ha llegado a estas alturas del relato sin saber leer. Total, que llego al cartel de «Zoo», me quito el hollín de los ojos para poder leer —os recuerdo que yo estaba negro negro—, me quito el hollín de los ojos así, con las manos, y en ese momento aparece un señor del zoo:

«¡Anda! ¡Un oso panda!», grita. Me agarra así, por el pescuezo, y me lleva a la jaula de los osos panda. ¡Cuatro años pasé en la jaula de los osos panda! Y yo no era un oso panda. Hacía grrrrrr para dar el pego, pero la madre panda se daba cuenta. Me decía:

—Tú no eres un oso panda, ¿eh?

—Ya lo sé, pero, por favor, no diga nada, que viene el deshollinador.

Allí pasé mis primeros años, en la jaula de los osos panda, osopandeando como hubiera hecho cualquiera en mi situación. La vida en la jaula no era fácil y la alimentación era horrible. Teníamos tres cubos: uno para la comida, otro para la orina y otro para las heces, y no era fácil distinguirlos.

Hice amigos: una caballito de mar y un pez gato. El pez gato tenía problemas de doble personalidad; decía: «Ahora soy un pez, ahora soy un gato… y me están entrando unas ganas de comerme…».

El tema de la comida en los zoos es delicado. Es evidente que hay una oscura red de tráfico de animalillos. Cuando nacen cobayas, alguna se va al terrario de las culebras, fijo. ¿Para qué va a comprar cobayas un encargado de alimentar a las culebras teniendo sus propias cobayas allí? Y cuando nacen las culebras, lo mismo: no todas se quedan a los pechos de mamá pitón, no. Algunas se iban a la jaula del águila culebrera. Y los huevos del águila culebrera no se quedaban todos en el nido. Alguno acababa en la cafetería del zoo, donde ponen una tortilla estupenda.

Una mañana, el caballito de mar, el pez gato y yo nos enteramos de la fatal noticia: la cafetería del zoo iba a incluir zarzuela de mariscos en el menú del día. Enseguida supimos que iba a ser nuestra última tarde juntos y quisimos aprovechar esas horas. Nos sentamos a ver la puesta de sol y a charlar de las típicas cosas de las que charlan los osos panda, los caballitos de mar y los peces gato cuando ven que la tarde languidece.

Ellos tenían muchas cosas en común, como por ejemplo aliento a pescado. Tenían los ojos huévados, no tenían pies; de hecho, me preguntaban a mí: «Luis, ¿para qué sirven los pies?».

Y claro, explicar para qué sirven los pies viviendo en una jaula no tiene mucho sentido:

—¿Para qué sirven?

—Pues para ir a los sitios.

—¿Y qué son los sitios?

Ya casi se me había olvidado lo que eran los sitios y para qué servían los pies. Entonces recordé que hubo una noche en la que mis pies me habían salvado la vida: la noche que corrí desde A Coruña hasta Madrid. En cuanto lo dije, el caballito de mar y el pez gato me miraron con sus ojos huévados y me dijeron:

—¿Eres de A Coruña?

—Sí.

—Queremos ver el mar. Vamos a morir sin ver el mar. Luis, haz algo.

El caballito de mar había nacido en el zoo y Pezga era de piscifactoría. Dije: «¡Qué demonios! ¡Mis amigos no pueden morir sin ver el mar!».

Robé un coche del zoo. Alguien que haya llegado a estas alturas del relato sin saber leer es posible que se esté preguntando…: ¿quién conducía? ¿El niño panda o el pez gato? El caballito de mar no, que iba colgado en el retrovisor.

Cuando llegamos a la playa, los tres sabíamos que era una despedida. Los dejé en el agua, sus lágrimas se disolvieron en el mar y, en mi caso, una lágrima cayó en la arena, en la arena cayó una lágrima. Se fueron y no los volvía a ver. Yo volví a Madrid caminando porque hacía muy buena noche, pero con un sentimiento agridulce. La vida es como la hiel y como la miel, que suenan parecidas en la boca y en la misma boca saben tan distintas.

© Luis Piedrahita, 2014

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