El sonido de los sapos 8

Escribo, al igual que Jorge Semprún, porque estoy mal, dice de mí Care Santos en el generoso prólogo que abre este libro y que no sé agradecerle lo suficiente.

No me atrevería a decir yo tanto. Quizá por temor a reconocer en público mi consabido pesimismo y por no preocupar más de la cuenta a los que me rodean.

Me cuesta explicar por qué he escrito este libro ni ningún otro. Si lo supiese probablemente no me refugiaría en la ficción, sino que haría otro tipo de textos: una crónica, un ensayo; o directamente no escribiría. En definitiva, creo que invento historias porque lo necesito. Lo que, de alguna manera, puede que sea un modo de malestar, sí. No en vano, la necesidad provoca una cierta desazón. (¡Maldita Care: siempre tiene razón!).

Es posible que una pista del porqué de este libro se encuentre en la mutación de su título, que pasó de ser Pequeñas rutinas (nombre de uno de los relatos que lo componen), al Sonido de los sapos (nombre de otro y, a todas luces, más sugerente comercialmente hablando, o no, quién sabe).

Decía Abraham Lincoln que a partir de los cuarenta (edad que rozo con la punta de los dedos) uno es responsable de su cara. No seré yo quien se atreva a quitarle la razón. Pero añado: también de sus obsesiones. Muchas de las mías están aquí. La rutina, el desgaste de las relaciones personales, la vulgaridad, el miedo al paso del tiempo. En definitiva, la derrota a la que parecemos abocados todos.

Sí, ya se lo dije al principio, el optimismo no es una de mis virtudes. Pero no se ahuyenten ni se depriman, que no era este el objetivo. Como buen pesimista, que cree que no tiene nada que perder, solo me queda agarrarme a la esperanza y al sabor agridulce de las victorias pírricas, las únicas posibles. Al igual que lo hacen la mayoría de personajes de estos relatos. Porque como bien nos enseñó mi buen amigo, el poeta Óscar Santos, en uno de sus maravillosos versos, que cito de memoria y pidió disculpas por ello: Siempre queda tomar una caña y un verano/ esperar un gol en el último segundo/ asaltar el banco del olvido.

Sí, Óscar, “la vida es una buena idea” después de todo.

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