Paloma Sánchez-Garnica

La autora nos desvela cómo surgió su nueva novela.

A mí la inspiración me llega trabajando, sentada delante de la pantalla del ordenador, los dedos sobre el teclado dispuesta a escuchar a mis personajes, o bien leyendo buena literatura, que también es un modo de que a mi mente salten, se despierten o se vislumbren ideas que me ayuden a avanzar en la nueva historia. Y esto fue lo que me pasó con La sospecha de Sofía. Tardé mucho tiempo hasta encontrarla, muchos días y semanas y meses sentada disciplinadamente delante del ordenador iniciando ideas que se me deshacían a las pocas páginas. Y fue leyendo una gran novela (Berta Isla, de Javier Marías) cuando la inspiración se me presentó en forma de atrayente nebulosa: escribiría algo sobre la espera envuelta en la incertidumbre. Y casi de inmediato me puse a escribir atrapada en una arrolladora fascinación. Los personajes irrumpieron con vigor en mi vida y la colonizaron, literalmente, se instalaron en mi quehacer diario, en mis sueños y vigilias, en mi natación diaria, en la rutina hacendosa de preparar comida o cena; ocuparon durante meses mis pensamientos, mis silencios, llenaron mi soledad, invadieron sin vacilación las conversaciones con mi marido, el primer lector y compañero perfecto para una escritora como yo que, para encontrar la tan anhelada inspiración, busca el aislamiento casi absoluto de la realidad que me circunda, porque necesito sentir la soledad, saber que nada ni nadie me van a interrumpir, a solas con ellos, con los personajes, a los que rindo un reverencial respeto, a quienes escucho con avidez y a cuyo son me muevo durante semanas, meses, a veces años…

En el caso de La sospecha de Sofía, esa especial convivencia que he mantenido con sus personajes fueron apenas unos meses, porque es cierto que tardaron en llegar, pero lo hicieron con una fuerza extraordinaria que hizo que la historia fluyera entre mis dedos a una velocidad de vértigo, empujándome por caminos desconocidos para mí y por los que entré con reticencias de la mano de sus historias, de la potencia de su voz que me impelía a un terreno al que nunca me había atrevido, el del suspense, la intriga, con espías y espionaje, la Stasi, el KGB… Y me dejé llevar y volé en sus brazos hasta llegar al final. Tenía la estructura, tenía la historia de principio a fin, había conseguido los cimientos y cerramientos de aquel imponente edificio que acababa de construir. Pero quedaba la relectura, esa parte en la que todo se pule, todo se afina, todo se afianza, cada personaje, cada hecho acaecido, cada silencio, sus palabras, sus maneras, sus reacciones, centrar a cada uno en su propia identidad, su realidad, otorgarles certeza, dar veracidad a su existencia.

Ahora, cuando esta historia ha dejado de ser mía para pasar a pertenecer a cada uno de los lectores que abran el libro y se dejen engullir en sus páginas, solo puedo decir que me siento plena y satisfecha del resultado de aquellas largas y apasionantes conversaciones mantenidas con todos ellos, con cada uno de los personajes, de los malos, o no tanto, de los buenos, o no tanto, de los que se hunden en un vórtice de desgracias, culpas e intrigas, y de aquellos que consiguen reconstruirse desde la más absoluta nada. Los seres humanos no somos malos o buenos, no somos justos o salvajes, sencillamente somos el resultado de nuestras propias circunstancias vitales y de cómo las gestionamos a lo largo de nuestra vida… Así son mis personajes, gente con historias con minúsculas, llenas de claroscuros, de caídas y avances, de fracasos y triunfos… Como cada uno de nosotros.

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