Uno de los episodios del evangelio que siempre me ha resultado más desconcertante es la historia del endemoniado de Gádara (o de Gerasa, en algunas versiones). Recordad: según el Evangelio de San Lucas, Jesús viaja con los discípulos hasta las proximidades de esa ciudad, en la orilla opuesta del Lago Tiberíades, y un endemoniado (dos, según San Mateo) que vivía desnudo y dormía en los sepulcros sale a su encuentro gritando. Jesús quiere expulsar de él a los demonios que lo habitan, que son tantos que se llaman a sí mismos “Legión”, pero éstos le piden a Jesús que, a cambio, les deje entrar en una piara de puercos que había por los alrededores. Cuando Jesús así se lo permite, liberando al poseído, la legión de demonios entra en los desgraciados animales, que corren enloquecidos hasta el borde de un barranco a la orilla del lago, y todos perecen ahogados. Es difícil no sentir compasión por esos cerdos inocentes, o no simpatizar con la perplejidad de sus cuidadores (seguramente niños) al ver cómo desaparecía su fuente de sustento, y eso por no hablar de la efímera tregua gozada por los demonios. Pero una cosa que siempre me llamó la atención de esta inquietante historia era una pregunta algo más sinuosa: ¿no se supone que los judíos no comían cerdo?; entonces, ¿cómo es que había una gran piara por donde iban Jesús y sus discípulos? El evangelio, por desgracia, tampoco aclara eso.

Hasta mucho más tarde no supe la respuesta: Gádara, como Gerasa y otras poblaciones de la región llamada Decápolis (“Diez Ciudades”), no formaban realmente parte de Galilea o de Judea en los tiempos de Jesús; sí que lo habían hecho años atrás, cuando reinó sobre ellas Herodes el Grande (muerto el año 4 a.C.), pero consiguieron su independencia gracias al emperador Augusto. El lago de Tiberíades (o “mar de Galilea”) y el río Jordán que surgía de él, separaban, o más bien unían, la región de Galilea al oeste y la región de la Decápolis al este. Los decapolitanos no eran judíos, sino ciudadanos griegos, descendientes de los soldados y oficiales de Alejandro Magno (o eso les gustaba pensar a ellos), y se alimentaban felizmente del cerdo como casi todos los otros pueblos del Mediterráneo, de ahí la abundancia de estos animales en los alrededores de Gádara. A los judíos, en cambio, tal proliferación de puercos les debía de parecer abominable, lo que haría que los primeros lectores (o más bien oyentes) de los evangelios encontrasen razonable aquella reacción tan poco “animalista” de Jesús de Nazaret.

Pero además, el cerdo era un símbolo que en todo el mundo grecorromano de aquella época se identificaba, medio en broma, medio en serio, con una escuela filosófica en particular: el epicureísmo. Epicuro de Samos (s. IV-III a.C) había enseñado que el ser humano es puramente terrenal, que nada nos espera más allá de la muerte, que el único bien merecedor de ese nombre es el placer, que los mejores placeres son los moderados, aquellos que no nos provocarán más daños, y que el mayor placer de todos es la amistad verdadera. Había creado una escuela (“el Jardín”) de la que sus seguidores fundaron réplicas por todo el Mediterráneo, y que destacó, frente a otros grupos mucho más elitistas, por admitir discípulos de cualquier condición social, y tanto hombres como mujeres, quienes compartían todo lo que poseían y vivían como amigos. Una escuela tan revolucionaria sólo podía despertar sospechas, y ya en vida de su fundador empezaron a circular rumores sobre la supuesta depravación moral a la que se entregaban los epicúreos. Por este motivo se les conoció popularmente como “los cerdos”. El caso es que, tres siglos más tarde, los primeros cristianos adoptaron en sus comunidades el mismo tipo de vida que se seguía en los “jardines”, y ellos mismos tuvieron que sufrir descalificaciones parecidas por su rechazo a las convenciones sociales.

Entonces, ¿podría existir alguna relación  entre la “piara de Epicuro” y los orígenes del cristianismo, y en particular con la historia de los pobres cerdos de Gádara? La historia que se relata en la novela Regalo de Reyes parte de esa pregunta. Las respuestas… serán las que des tú.

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