Escuchar a un coro de cincuenta chavales en pie, dando palmas y gritándote “¡Tú sí que vales! ¡Tú sí que vales!…” no tiene precio.

Si eso mismo se repite cinco veces en la misma mañana, el estado de ánimo del escritor en cuestión se podría describir muy aproximadamente como “Nirvana”. O colapso nervioso por agotamiento.

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Foto: Enrique Gómez Medina presentando «El Club de los Aventureros y los Hombres de Plata»

Empecé por El Club de los Aventureros . A las 9 se sentaron en colchonetas ante mí los de 4º de Primaria, y después 3º y 2º. Todos diferentes. Todos perfectos (¡a su manera!). Unos escuchaban más, a otros les gustaban los disfraces, a casi todos la canción (“Superpapás, superpapás…”). Tanto fue así, que cuando llegaron los de 5º y 6º y les mostré (mientras les enseñaba a manejar una honda al estilo balear) Primer verano en Piedras Verdes , acabé cantándola también.

Todavía estoy recuperándome. Cuando escribes un libro, difícilmente te imaginas en una situación como esa.  Estás tú solito, tecleando delante de un ordenador, y de pronto te encuentras con una guitarra en la mano, ante un público que te corea enfebrecido. Buffff… ahora entiendo lo de “la magia del directo”. Pasados los momentos previos de nervios, incertidumbre, etc., sin duda es una experiencia que merece la pena. Y que no todos los escritores tienen.

Tengo que dar las gracias.

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Foto: Enrique Gómez Medina presentando «Primer Verano en Piedras Verdes»

No habría sido posible sin Luis, Ana, Juan y el resto del personal del colegio Francisco Arranz. Gracias a todos.

Y ahora ¡cuánto admiro ahora vuestra labor! Hacerme escuchar (a ratos) resultó una tarea hercúlea. A tercera hora, mi garganta estaba pidiendo clemencia. El recreo fue casi inexistente. Al terminar el día, mis músculos se aflojaron y llegué a casa hecho un flan de gelatina temblorosa. Y allí estaban ellos, los profesores, como si nada. Manteniendo la compostura. Una frase aquí, un gesto allá, y los chavales mantenían la formación y se colocaban en posición de orejas abiertas. Todo un arte. Y no es cuestión de un día, como en mi caso: ellos siguen ahí otro día, y otro, y otro…

Así que, desde este humilde post, mi más profundo reconocimiento a su trabajo y, en especial, al de todos los profesores que yo mismo tuve: don Ángel, con su inigualable torería, don Jesús (“primero la base y después peinase”), don Ricardo, que nos enseñaba Matemáticas pero, si nos portábamos bien, los viernes nos contaba una historia, Pedro, que me hizo aprender diez poemas de Bécquer, María Jesús, que el primer día nos hizo creer que era una bruja, Ascen, que me enseñó a dibujar con palabras, Guillermo, Pepe, José Antonio, Angelines, …

Gracias a todos por lo que soy.

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