Una sala llena de corazones rotos

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Soy consciente de que cuando hablo de Anne Tyler no me asoma la objetividad.

Después de cuarenta años leyendo sus novelas es probable que me haya comido algún truño aunque no lo creo posible. Me da igual. Siempre responde a mis expectativas (en una y otra medida).

Aquí es Micah Mortimer (El “tecnoermitaño”) el protagonista de la historia, el cual, como casi todos los de sus anteriores novelas, deambula por la vida con sus defectos y sus bondades sin que parezca que ocurre nada. Algo muy parecido a lo que sucede con las películas de Eric Rohmer (no en vano decíamos que en ellas se podía ver crecer la hierba).

Pero, como siempre, nos va – A. T. – introduciendo en el personaje con diferentes enfoques y criterios. Y eso hace que nos preguntemos – en régimen ascendente – que define al mismo personaje o, más bien, por qué le suceden cosas y situaciones que nos han pasado a todos alguna vez.

Así que ahí esta la grandeza de esta elegante señora, que escribe como los ángeles; sabe plasmar en el papel la cotidianeidad que nos rodea. Ella lo circunscribe a Baltimore (USA) casi siempre; pero es exportable a cualquier país occidentalizado del mundo.

Queda, como siempre, una retahíla de preguntas sin respuesta que nos hacemos al final de la lectura. En este caso, parece que la historia acaba bien, lo cual supone un brillante colofón (obsérvese que he puesto “parece”).

Bastante bien traducida por Ana Mata Buil, me quedaba al principio la duda de si le habían impuesto el titulo – su traducción – pues, el original sería mas o menos “Una pelirroja a lado de la carretera”, pero me parece aceptable la anécdota que provoca el mismo.

Con el deseo de que nunca le concedan el Nóbel (el beso de la muerte) les conmino a que lean y disfruten esta maravillosa novela y luego se hagan preguntas.

 

Juan Carlos López Palomeque de Casa del Libro Gran Vía.

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